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January 03
Ella estaba con él...a su frente tan bella y tan pálida, penetrando a través de los vidrios de la antigua ventana de la luna distante venían los rayos de plata.
El estaba a sus pies. De rodillas mirando las vagas visiones que cruzan en horas felices los cielos del alma. Con las trémulas manos asidas, con el mudo fervor de quien ama, palpitando en los labios los besos, entrambos hablaban el mudo lenguaje sin voz ni palabras en que, en horas de dicha suprema, tembloroso el espíritu habla.....
El silencio que crece....la brisa que besa las ramas dos seres que tiemblan....la luz de la luna que el paisaje baña. ¡Amor, un momento, detén allá el vuelo, murmura tus himnos y pliega las alas!
Anoche, una fiesta con su grato bullicio animaba de ese amor el tranquilo escenario. ¡Oh burbujas del rubio champaña! ¡Oh perfume de flores abiertas! ¡Oh girar de desnudas espaldas! ¡Oh cadencia del valse que ya mueve torbellinos de tules y gasas!
Allí estuvo más linda que nunca; por el baile tal vez agitada; se apoyó levemente en mi brazo; dejamos las salas, y un instante después penetramos en la misma estancia que un año antes no más la había visto temblando callada, cerca de él... Amorosos recuerdos, tristezas lejanas, cariñosas memorias que vibran cual sones de arpas, tristezas profundas del amor, que en sollozos estallan, presión de sus manos, son de sus palabras, calor de sus besos, ¿por qué no volvisteis a su alma?
A su pecho no vino un suspiro, a sus ojos no vino una lágrima, ni una nube nubló aquella frente pensativa y pálida y mirando los rayos de luna que al través de la reja llegaban, murmuró con su voz donde vibran, como notas y cantos y músicas de campanas vibrantes de plata: ¡Qué valses tan lindos! ¡Qué noche tan clara!
Jose Asunción Silva Cordero tranquilo, cordero que paces tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: hundiendo en el lodo las plantas fugaces huí de mis campos feraces un día...
Ruiseñor de la selva encantada que preludias el orto abrileño: a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra, y la nada, yo tuve el ensueño.
Sendero que vas del alcor campesino a perderte en la azul lontananza: los dioses me han hecho un regalo divino: la ardiente esperanza.
Espiga que mecen los vientos, espiga que conjuntas el trigo dorado: al influjo de soplos violentos, en las noches de amor, he temblado.
Montaña que el sol transfigura.
Tabor al febril mediodía, silente deidad en la noche estilífera y pura: ¡nadie supo en la tierra sombría mi dolor, mi temblor, mi pavura!
Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, crepúsculos, escuchadme esta cosa tremenda: ¡He Vivido!
He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido...
Porfirio Barba-Jacob
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar...
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría... La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar...
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de obscuro pedernal;
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... -¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, ¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír...
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer; tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables... ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
Porfirio Barba-Jacob
RELATO DE SERGIO STEPANSKY
¡Juego mi vida! ¡Bien poco valía! ¡La llevo perdida sin remedio!
Erik Fjordsson.
Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida...
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...
La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y a todo lo hondo —en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo...—
Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos: todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...
Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos.
Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil: —por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil: por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota rubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia: cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar la bola...
Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo; la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra; la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca...
o por esa muñeca que llora como cualquier poeta.
Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos (con arreboles); por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra— o por su naricilla que está en algún Museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...
¡o por dos huequecillos minúsculos —en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...!
Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida...
León de Greiff
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